Cuando las tijeras son paganas
Los poderes mágicos todavía existen, en este caso se esconden en lo más profundo de la sierra y solo se pueden conseguir con un pacto, y este no es necesariamente con el Dios de los cielos.
Por:
José Luís Díaz
La tradición guarda en su interior un especial encanto, uno acompañado por melodías, y en el que el baile acompasa la transición de su cultura y la esencia tan especial de expresar su forma de vida trasmitida en su baile, forma, que solo los pueblos con aferrada identidad pueden guardar bien, y así prevalecer durante el tiempo.
También el espíritu religioso, hace que parte de estas costumbres sigan persistiendo y fortalezcan la esencia de su existencia. En el interior del país, esta es una característica que resalta y llama la atención de los visitantes, y genera la expectativa de sus pobladores. La fiesta patronal que abre sus puertas a un espectáculo, sea cual fuere la entidad de veneración; la fe en los divino y santo surte efecto.
Parecería ser una suerte de paradoja, una en la que el hombre posesionado por otra fuerza ajena a lo divino rinde culto al dios de los cielos, algo misterioso y casi pagano; vestido con traje de luces y tijeras tintineantes muestra en su máxima expresión lo que sabe hacer, hacer maniobras sorprendentes y actos escalofriantes son su singular atractivo, esta danza matiza con especial atracción las fiestas patronales por mucho tiempo.
Para su iniciación, fuerzas supuestamente superiores terminan siendo objeto de adoración, la entidad de los hapus (palabra Quechua que traducida al castellano significa "Dios") recibe ofrendas de los danzantes de tijera, para lo cual es necesario apartarse durante días a solas lejos de la ciudad, y solo con hojas de coca, cigarros y trago; internarse en lo mas profundo de los cerros para obtener esa fuerza especial, esa destreza de danzar y el talento especial que solo se consigue de manera tan misteriosa y mística, solo con hacer un pacto con alguna entidad extraterrena, ajena a toda divinidad cristiana; posteriormente la pregunta surge de ¿como esas personas pueden danzar durante horas y realizar malabares, cual ágil contorsionista experimentado; y hacer sacrificios, que pasan desde incrustarse agudos alambres por la piel, crucificarse en la puerta de una iglesia, comer vidrio o algún animal vivo, y hasta clavarse filudos cactus de afiladas espinas? Curiosamente ellos no entran a misa.
Se cuenta que las destreza de estos ágiles danzarines pasa por una disciplinada practica constante de su baile, al compás de las aguas que caen de un río, acompañados del arpa y violín infaltable, y no tendrían esa hábil destreza, sino pactaran con el hapu huamani, ostentan también nombres de entidades maléficas y de alguna manera paganas; mas de uno ha aceptado que se lo deben a un compromiso, entre ellos y el dios de la oscuridad, el que reina bajo la tierra.
En Huancavelica esta actividad lejos de congregar a las masas por un motivo espiritual y cristiano de la navidad, la multitud espera el ansiado atipanakuy, (palabra Quechua que traducida al castellano significa "no te dejes pegar"), es entonces ahí donde estos danzantes muestran todo lo preparado y practicado, curiosamente no participan de las actividades religiosas, ellos esperan ajenos a ella.
Es impresionante la atracción que surge de las melodías del tradicional arpa y violín que acompaña esta danza, una en las que el imparable tintinear metal de las tijeras que manejan hábilmente con una sola mano se confunde y se convierte en una melodía; un metal hembra y otro macho dicen ellos, los cuales siempre están en constante riña y confusos movimientos que lejos de ensordecer e incomodar termina encantando y llamando la atención de la concurrencia, pareciera que este tintinear termina encantando con su sonido, uno que encanta e hipnotiza, mientras que los danzantes con brilloso traje de luces, de zapatillas de tela y con una infaltable cola que es parte de su vestuario, misteriosamente infaltable; extraño sombrero grande y guantes grises; ellos al final de la fiesta danzan solo y exclusivamente para los benefactores y colaboradores del mayordomo, el cual los trajo y les dio alimento; la noche los abraza y la danza los encandila, cayendo presa del misterioso tintinear de las tijeras que acompañados por el arpa y violín vuelven a hipnotizar los ojos de las personas, cayendo en un tácito sueño, presos de la noche, pero esta vez acompañados de una danza misteriosa.



