Cuando la fe nos llama

Podrás perder todo en la vida, podrás perder incluso la esperanza, pero lo que no puedes perder es la fe en Dios.
Uno de los motivos que mueve al ser humano para arrepentirse es el dolor de corazón, ese dolor que surge de una mala obra, o el sentimiento de pesar que genera una acción que ha ofendido a alguien específicamente, si es que hay un verdadero arrepentimiento.
Cada Semana Santa, Cristo nos invita a reconciliarnos con él, nos invita a perdonar y a pedir perdón, nos invita a cambiar nuestras vidas y seguir su camino; ayudarle a cargar esa pesada cruz que él cargó camino al Calvario. Cristo nos convoca a rezar por el y los nuestros, a cargar las cruz de nuestros problemas y nuestros dolores, sean cuales fueran, espirituales y o físicos.
Jesús, clavado en el madero, lleva el peso de nuestras culpas y paga las deudas que nosotros teníamos que pagar. Sin embargo, el no lo hizo todo, dejo un lugar para nuestros sufrimientos. El queda allí, clavado a un lado de la Cruz, mientras el otro lado ha quedado vació. Cada uno de nosotros tiene que subir hacia aquella cruz y dejarse clavar... "si alguno quiere venir en pos de mi -dice Jesús_ niéguese a si mismo, tome su cruz cada día y sígame. (Lc9, 23).[1]
Esa cruz que se nos hace muy pesada y que muchas veces nos acobarda cargarla y seguir el camino de la vida, es ahí donde Dios nos tiende su mano y no nos ayuda a cargarla sino nos toma entre sus brazos y nos lleva con él, porque él sabe cuanto pesa esa cruz; por que el sufrimiento es una forma de llegar a Dios. Ese sufrimiento del que comulga con Cristo es sufrimiento de Dios también, a pesar del dolor que sufre en la Cruz, sangrante y golpeado; siente misericordia por nosotros y acude a nuestro llanto como aquel padre que ve regresar al hijo que partió, a pesar de todo lo que paso.
Es ahí cuando la fe nos llama y nos invita a recordar el sufrimiento de Cristo y el que todos padecemos. Pero surge una esperanza que aplaca nuestras penas, y en esos momentos en cuando no estamos solos, ahí esta el pastor que cuida de nosotros y aplaca nuestras penas:
El señor es nuestro pastor, en el nada nos faltara
En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
El señor es nuestro pastor, en el nada nos faltara
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.
Aun que camine por cañadas os curas, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.
El señor es nuestro pastor, en el nada nos faltara
Preparas una mesa ante mi, frente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfumes, y mi copa rebosa.
El señor es nuestro pastor, en el nada nos faltara
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del señor por años sin término.
Dios esta ahí, tras cada espalda, tras cada oído, tras cada lagrima, tras cada pena; solo espera que acudas a él y finalmente te tome en sus brazos paternales, sin discutirte o renegar, el solo quiere que estés salvo y no vuelvas a pecar.
[1] P. Enzo M. Canonici MCCA - SABER SUFRIR, SABER AMAR



